
Fue miembro de una familia de quince hermanos. Cuatro de ellos fueron, como él, jesuitas. El más conocido fue Ángel, obispo de Málaga y cardenal. Cursó Filosofía y Teología en Oña, interrumpiendo sus estudios para dedicarse a la enseñanza en Tudela y en Deusto, donde preparó la licenciatura en Historia. Sacerdote desde 1916, completó su formación jesuítica en Manresa (1917-1918). Enseñó un año en Carrión y nueve en el colegio de San José de Valladolid. Durante la dictadura fue consejero de Instrucción Pública y así se abrió a los problemas de la enseñanza católica.
Tras publicar sus primeras obras, entre las que citaremos Oña y su Real Monasterio (1918), Vida de San Francisco Javier o Buscando un ideal: Vida popular de San Luis Gonzaga (ambas de 1927), sus superiores le encargaron los asuntos educativos de los colegios jesuíticos españoles y le destinaron a la revista Razón y Fe para escribir sobre temas históricos y educativos, entre los que destacamos Felipe II y el marqués de Santa Cruz en la empresa de Inglaterra (1927) y La Armada Invencible (1930). En 1931 creó la Asociación de Familias y Amigos de Religiosos (AFAR), bajo cuyos auspicios organizó ciclos de conferencias y distribuyó el periódico Los hijos del pueblo. Viajó esporádicamente fuera de España para informarse de la situación educativa en Europa, escribiendo varios libros cuyos ejemplos más significativos son Cómo educa Inglaterra (1930) y Cómo educa Suiza (1943). Para impartir cursos de formación religiosa y pedagógica a los maestros creó el Instituto Pedagógico de la FAE, que tras la Guerra Civil se convirtió en Escuela Superior de Educación.
Durante un curso de verano, organizado en Santander como primer paso para crear una universidad católica (julio de 1936), le sorprendió la Guerra Civil. De Santander pasó a Bilbao, donde fue detenido. Encerrado en la cárcel de Larrínaga, tras varias peripecias logró escapar, como narra en Los cautivos de Vizcaya (1938). De esa época es su libro de lecturas para la Escuela Primaria España es mi madre (1939); y un poco posterior, su Historia de la educación española desde el Renacimiento (1943), durante años libro de texto en Escuelas de Magisterio y otros centros superiores. Concluida la guerra, entró en Madrid y ocupó el local de la FAE, saqueado durante la contienda. Además de reorganizar materialmente la Federación, organizó cursillos para la formación religiosa de maestros, continuó las Semanas de Estudios Pedagógicos y viajó al extranjero. Fruto de estos viajes, prolongación de los que había hecho antes de la guerra, fue su obra Norteamérica al día (1947).
Mostró siempre gran admiración por el Siglo de Oro y tuvo una marcada conciencia social: colaboraba habitualmente con una parroquia de Vallecas. Tras polémicas con el ministro y con el obispo de Madrid-Alcalá, fue enviado por la Compañía a Buenos Aires en 1948, donde falleció tres años después.